jueves, abril 15, 2010

1934

Una sentencia que nadie debiera olvidar y que tiene ahora mismo una aplicación vital: «Aquellos pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla». Ante todo, hay que decir bien fuerte que es cierto que los familiares de los asesinados y desaparecidos por el régimen franquista tienen todo el derecho del mundo a saber qué sucedió con aquellos, a recuperar sus restos y a darles un merecido descanso. A tal efecto, el gobierno de España ha destinado 4,1 millones de euros en subvencionar diversas organizaciones de izquierdas vinculadas a la recuperación de la «memoria histórica» de los vencidos en la fratricida Guerra Civil.

Sin embargo, también es cierto que la memoria nunca debiera ser una represalia, un ejercicio de odio, una búsqueda de publicidad o un intento de promoción personal. Baltasar Garzón no está siendo juzgado por intentar “investigar los crímenes del franquismo”, ni es el Tribunal Supremo el brazo ejecutor de la falange. Va a ser juzgado por hacer las cosas mal (y recordemos que son tres las causas, no solo una), por arrogarse competencias que (supuestamente, que es lo que se juzga) no le pertenecían. Y como cualquier ciudadano en un estado de derecho se sentará en el banquillo y, según las pruebas presentadas y la jurisprudencia actual, será declarado inocente o culpable. Como cualquier otro ciudadano, ni más ni menos.

Pero entonces llega la izquierda revanchista de este país, instalada en el poder desde que ZP accedió a la presidencia amparándose en un supuesto «talante» que nunca ha sido cierto, y como en 1934, escudándose en la supuesta legitimación de las urnas, empiezan a agitar postulados totalitarios y a resucitar fantasmas pasados que todos creíamos enterrados (que no olvidados). De esta manera, los tribunales solo son legítimos y tienen razón, cuando esa razón se la dan a ellos; pero cuando se les ocurre sentar a “uno de los suyos” en el banquillo entonces es que están politizados y esos mismos jueces ya no son competentes ni democráticos. Curiosa forma de ver la democracia, la verdad.

Y mientras tanto, la intelectualidad agradecida enarbola banderas republicanas (que tan «preconstitucionales» son como las del pajarraco de los falangistas, y por tanto ilegales) y resucita tristemente el espíritu de 1934, sin quemas de iglesias y asesinatos de los contrarios todavía, pero con una interpretación muy particular de la libertad de expresión, la separación de poderes y la independencia de la judicatura, consiguiendo una fractura de las «dos Españas» nunca vista desde los hechos que llevaron al trágico y repudiable alzamiento de 1936 y la posterior y demencial historia que vino a continuación. Creo sinceramente que la situación actual nunca podrá involucionar a los niveles del siglo pasado, pero otra sentencia famosa que me viene a la cabeza es “quien siembra vientos recoge tempestades” y fomentar el odio nunca ha sido una buena idea, salvo que haya alguna intención más oscura detrás. Terrorífico, ¿no?